03 abril 2012

AL RAYAR EL DÍA...



Por allí y detrás,
por la parte escondida,
la que oculta con su cabeza
aquel monte,
el que está tras la colina,
por allí hay un lugar
en el que sólo se esconde,
nada más,
y hasta que despierta,
lo que parece imposible;
por allí, pero al final,
al otro lado de donde,
por lo demás,
todo se muestra impasible.

Por allí se abrió la brecha
del opaco velo que protegía,
hasta su último recoveco
y por si las luces extrañas
(que no tú,
pues a ti te quiero,
mi alba),
todo este trozo de cielo,
ahora grises nubes
y azules hielo melancolía,
donde tenía su asiento
una noche estrellada.

En lo mejor de mi sueño,
el más cierto de mi vida,
y justo en el momento
en que me revelaba,
con callados versos
de un precioso firmamento,
ella, mi noche querida
y enamorada,
las imágenes bellas y claras
de sus sentimientos.

Algún alma, solo una
y con solo un dedo,
uno solamente,
pero de incisiva uña,
abrió un ojal en su velo negro;
y el sol, que no solía,
mas, por algún casual,
por allí andaba,
probablemente, por desvelo,
también quiso estar
en lo que no debía,
y con el calor de su frente
o el de su pelo o el de su mejilla,
o el de su mirada ardiente
por la mirilla...
se labró la muerte,
se veló la noche
que me abrazaba
y se desvaneció el sueño
de un algo diferente.

Con tan solo un dedo
se abrió una herida,
y creció tanto, tanto...
que se hizo fuerte
en la inmensidad del cielo;
algún torpe sería,
torpe y sin freno o,
quizá, desaprensiva,
y sabrá Dios, si por descuido
y sin quererlo
o deseándolo y con esmero.

O igual fue al rayar el día,
en su gélido brote
y con las aristas dentadas
de sus horas frías,
el que hirió a mi noche;
sí, quizá fuera este,
con su preciosa luz,
aunque de otra poesía,
el que veló mi sueño
y la hirió de muerte,
rasgando la opaca tela
que lo cubría.

O fue a esas horas si no,
tan tiernas como duras
en las que alumbra el día,
en que también nacen
de entre sus dulces crías,
-tímidas luces que suave picotean-,
cucas y rudas hordas
ya provistas de sus teas,
cuando se velaron
y quedaron llanas y sordas,
y frías, además de a oscuras,
las claras y bellas notas
de la armonía.

En este trozo de cielo,
ahora grises nubes
y azules hielo,
melancolía,
estaba a mi lado
y a pecho abierto,
con sus petequias y lunares,
mi noche querida,
toda al descubierto.

¡Oh, su clara piel! ¡De pecado!
¡Y su sonrisa! ¡Y sus cantares!
¡Me la quitaron!

En lo mejor de mi sueño,
el más cierto de mi vida,
y justo en el momento
en que me revelaba,
con callados versos
de un precioso firmamento,
ella, mi noche querida
y enamorada,
las imágenes bellas y claras
de sus sentimientos.



(Jon)



LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...