27 agosto 2012

El otro color del silencio

"Puesta de sol"
óleo del pintor francés François Boucher  1703 - 1770

He visto en apuros
a soles muy grandes,
no pocos, a cientos,
y algunos, sin duda,
bien calenturientos,
yendo entre nubes a saltos, 
por tiempos,
como escondiendo sus partes,
por temor de que la luna
pudiera verlos desnudos.


Así los he visto,
como no queriendo,
como huyendo de amores,
para luego perder su juego
en los mares.


¡Qué recios, qué lindos!,
¡pero mira qué suyos!,
¡ay, estos hombres...!,
¡qué cucos...,
o más que necios, algunos!;
mas ¿no querían yacer a solas?,
pues fuere grande o pobre
su orgullo de soles,
allí estaban todas,
desesperadas;
como lobas con hambre,
los esperaban las olas.


En lo lejano
no hay nada imposible;
también he visto
a cielos y montes
rojos y azules, de esos,
con sus violetas, de la mano
o comiéndose a besos;
y a su lado, jugando y,
como siempre, traviesos,
lindos matices,
lilas y morados.


Con estos mis ojos
lo veo todo,
hasta he visto, creo,
el otro color del silencio,
de pelo crespo y canto
de melodrama;
y que, con sus ojos lacios
y labios secos, ya clama
sin fuerza el llanto.

Con su trabajo, la fotógrafa valenciana Francisca Rivera nos regala un precioso detalle 
del monumento fúnebre 
dedicado en Viena a María Cristina de Habsburgo-Lorena, 
Archiduquesa de Austria ("Mimi")
 Magnífica obra en mármol del escultor y pintor italiano 
Antonio Canova (1757-1822)


¡Sí, he visto!, ahora lo veo:
vestidos de calle,
seres con alma,
muy grandes sus penas,
pero ya sordos suspiros,
pues no había nadie,
¡ni cristo que los oyera!;
eran muchos, pero solos,
como tordos locos,
jóvenes y viejos,
heridos todos por dentro.
¡Los he visto, sin duda,
de veras, no miento!


Había largas aceras...
¡No...!, ¡espera...!
¡Eran ríos! ¡Y no cortos!
¡Y sin cortes apenas!,
algun leve risco..., y puede
que algún otro de mangas,
pero nada, ¡tranquilos!,
que ya no hay problema,
que ahora, cuando llueve,
ya corren limpios.



Yo he visto, con tristeza,
mentiras al descubierto.
¡Ay, qué pena!
¡Qué guapas antes!
¡Qué guapas eran,
con sus largos vestidos
y sus collares de perlas!


Tenían un..., no sé...,
como un algo...
¡Oh, qué bellas ellas!,
las había mirado tanto...
Y todavía, embelesado,
las seguiría mirando.
¡Oh, qué lindas eran
cuando escondían
su encanto!


Y yo que creía
que no iban prietas,
que sus carnes ocultas,
las más guardadas y quietas,
serían firmes y tersas...
¡Ay, qué pena!
¡Qué bellas antes
y qué pobres ellas!
¡¡Pero qué guapas eran
mis queridas damiselas!!


Jon



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