25 noviembre 2011

UNAS MANOS DIESTRAS


El trabajo era duro y penoso, pues cada día debía salir de buena mañana, cuando las primeras pinceladas de un nuevo día se dibujaban en el horizonte y las brumas matinales empezaban hacerse presentes.
La humedad era importante, gruesas gotas se iban formando en las puntas de las hojas, de árboles y matojos, quedando para disgusto mío empapado de arriba abajo. Los huesos ya empezaban a dejarse notar, pues el hábito continuo de estas salidas tempraneras y el desgaste físico por el esfuerzo, se cobraban su precio altamente.
Nadie más puede hacer esto, hoy por hoy tan solo yo, algo que tenía claro debía cambiar y con cierta urgencia además, pero, y ya empezamos con los peros, no conseguía depositar mi confianza en nadie, es lamentable esta actitud, lo sé muy bien, pero el grado de exigencia era alto, nada podía dejarse al azar y en cambio era consciente que yo no podía desaparecer con el secreto, porque nadie es eterno y no quiero llevarme el secreto a la tumba, el mundo debe seguir rotando cuando yo no esté y debe poder seguir disfrutando de la belleza, ya no solo física, sino espiritual, sentir e emocionarse con lo que es capaz de ofrecer la naturaleza bajo unas manos expertas y sensibles.
Pues mis manos son toscas, duras, pero saben ser delicadas y amables con el elemento madre.
De entre todo lo que podía hallar en el bosque, poca cosa me era de utilidad, en el sentido que no toda la madera me servía. Ahora era uno de los momentos más apropiados, pues este último año había sido especialmente recio en temperaturas y por tanto el crecimiento de los árboles había sido menor, resultando de ello una madera mucho más densa, ideal para mis fines.
Fui talando de forma ordenada, pues no era mi intención dañar el entorno, hacer la menor incursión posible y dejar que se regenerase fácilmente. Me llevé el material a mi taller y una vez allí, empezar el proceso, que debía ser ejecutado sin prisas pero sin pausas. Con las herramientas adecuadas y siempre en perfectas condiciones, cualquier desperfecto podía ser causa de vuelta a empezar y por ello echar por tierra, tiempo y material.
Cada vez que veía nacer bajos mis manos una nueva obra, me emocionaba, a medida que iban pasando los días y ésta se iba perfilando bajo mi destreza, restaba mudo al visionarla entre mis manos, con los ojos empañados por la emoción me repetía una y otra vez, que este saber no podía quedar entre estos muros, que debía coger un aprendiz bajo mi tutela, un joven sensible y agradecido con lo que la madre naturaleza nos ofrece y amante del arte de emocionar.
No lo tenía nada fácil, pero en realidad lo tenía mucho más sencillo de lo que pensaba, pues el hijo de mi vecino, Carlos, un muchacho como pocos, el cual siempre estaba presto a ayudar en lo que fuera, a quitarme peso de encima y todo ello a cambio de dejarle tan solo mirar como florecía entre mis manos la mejor obra maestra de la historia, un precioso y preciado violonchelo.



(KANET)





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